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Tomás Morales (1885-1921):

Puerto de Gran Canaria sobre el sonoro Atlántico,

con sus faroles rojos en la noche calina

y el disco de la luna bajo el azul romántico

rielando en la movible serenidad marina

Silencio en los muelles en la paz bochornosa,

lento compás de remos, en el confín perdido

y el leve chapoteo del agua verdinosa

lamiendo los sillares del malecón dormido

Fingen en la penumbra fosfóricos trenzados

las mortecinas luces de los barcos anclados

mirando entre las ondas muertes de la bahía.

Y de pronto, rasgando la calma, sosegado,

un cantar marinero, monótono y cansado,

vierte en la noche el dejo de su melancolía.

 

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LA MALETA
Yo
tengo preparada la maleta. Una maleta grande,
de madera.
La que mi abuelo se llevó a la Habana;
mi padre, a Venezuela.
La tengo preparada: cuatro fotos,
una escudilla blanca, una batea,
un libro de Galdós y una camisa
casi nueva.
La tengo ya cerrada y, rodeándola,
un hilo de pitera.
Ha servido de todo: como banco
de viajar en cubierta,
y como mesa y, si me pauran muhco,
como ataúd me han de enterrar en ella.

Yo no sé donde voy a echar raíces.
Ya las eché en la aldea.
Dejé el arado y el cuchillo grande,
las cuatro fanegadas de mi vieja.
…¡La hostelería es buena! – me dijeron.
Y cogí la bandeja.
"Sí señor, no señor, lo que usted mande,
servida está la mesa"…
Yo por vivir entre los míos hago
lo que sea.
Vi las mujeres pálidas del norte
arrebatarse como hogueras,
y llevarse las caras como platos
de mojo con morena,
tanto que aquí no dejan ni rubor
para tener vergüenza.
Vi vender nuestras costas en negocios
que no hay quién los entienda:
vendía un alemán, compraba un sueco
¡y lo que se vendía era mi tierra!

Pero no importa. Me quedé plantado.
Aquí nací, de aquí nadie me echa.
Hasta que el otro día lo he sabido,
y he hecho de nuevo la maleta.
Ha sabido que pronto
van a venir de afuera
técnicos en alambrar los horizontes,
de encadenar la arena,
de hacer nidos de muerte en nuestras fincas,
de emponzoñar el aire y la marea,
de cambiar nuestros timples por tambores,
las isas por arengas,
las palabras de amor por ultimátums,
por tumbas las acequias…

Si se instalan los técnicos del odio
sobre nuestras laderas,
los niños africanos, desvelados
bajo la lona de sus tiendas,
mirarán con horror las siete islas,
no como siete estrellas,
sino como las siete plagas bíblicas,
las siete calaveras
desde donde su muerte y nuestra muerte
indefectiblemente se proyectan.

Yo por mi parte
cojo la maleta.
La maleta que el viejo
se llevó a las Américas
en un barquillo de dos proas.
¡Qué valientes barquillas atuneras!
Tienen dos proas, una a cada lado,
para que nunca retrocedan.
Vayan donde vayan siempre avanzan.
¿Quién dijo popa? ¡Avance a toda vela!
…Y yo ¿voy a quedarme reculando?
¿Voy a dejar que crezca
sobre la tierra mía
toda la mala hierba?
¿Voy a volver la espalda al forastero
que vendrá con sus máquinas de guerra
para ensuciar de herrumbre las auroras,
de miedo las conciencias?
Pensándolo mejor, voy a sacar
de la vieja maleta
el libro, la camisa, la escudilla,
la batea…
Voy a pintar y barnizar de nuevo
su gastada madera,
voy a quitarle el hilo y a ponerle
la cerradura nueva.
Y con ella vacía
me acercaré a La Isleta,
y al primer forastero de la muerte
que llegue a pisar tierra
se la regalo, para siempre suya,
y que la use y nunca la devuelva.
¡No quiero más maletas en la historia
de la insular miseria!
Ellos, ellos,
que cojan ellos la maleta
Los invasores de la paz canaria,
que cojan la maleta.
Los que venden la tierra que no es suya,
que cojan la maleta.
Los que ponen la muerte en el futuro,
que cogan la maleta.
Que cojan la maleta,
¡que cojan para siempre la maleta!

PEDRO LEZCANO

 

 

ban.

VII

 

La patria es una peña,

la patria es una roca,

la patria es una fuente,

la patria es una senda y una choza.

 

Mi patria no es el mundo;

mi patria no es Europa;

mi patria es de un almendro

la dulce, fresca, inolvidable sombra.

 

A veces por el mundo

con mi dolor a solas

recuerdo de mi patria

las rosadas, espléndidas auroras.

 

A veces con delicia

mi corazón evoca,

mi almendro de la infancia,

de mi patria las peñas y las rocas.

 

Y olvido muchas veces

del mundo las zozobras,

pensando de las islas

en los montes, las playas y las olas.

 

A mí no me entusiasman

ridículas utópias,

ni hazañas infecundas

de la razón afrenta, y de la Historia.

 

Ni en los Estados pienso

que duran breves horas,

cual duran en la vida

de los mortales las mezquinas obras.

 

A mí no me conmueven

inútiles memorias,

de pueblos que pasaron

en épocas sangrientas y remotas.

 

La sangre de mis venas,

a mí no se me importa

que venga del Egipto

o de la razas célticas y godas.

 

Mi espíritu es isleño

como las patrias rocas,

y vivirá cual ellas

hasta que el mar inunde aquellas costas.

 

La patria es una fuente,

la patria es una roca,

la patria es una cumbre,

la patria es una senda y una choza.

 

La patria es el espíritu,

la patria es la memoria,

la patria es una cuna,

la patria es una ermita y una fosa.

 

Mi espíritu es isleño

como las patrias costas,

donde la mar se estrella

en espumas rompiéndose y en notas.

 

Mi patria es una isla,

mi patria es una roca,

mi espíritu es isleño

como los riscos donde vi la aurora.

Nicolás Estévanez

 

plaza santa ana

 

Barrio de Vegueta

barrio de mi niñez,

hoy me traes tristezas,

recuerdos de ayer…

Campanas de Vegueta

Letra y música José María Millares Sall

 

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"Ésta es la paz callada; a su dormida ausencia

no llegan los rumores roncos de la urbe en el celo;

junto a las torres del Seminario y la Audiencia

mejor parece el aire y más azul el cielo.

Yo prefiero las calles serias y luminosas

que tienen un indígeno sabor de cosa muerta;

donde el paso que hiere las roídas baldosas,

el eco de otros pasos, legendarios despierta…"

El Barrio de Vegueta

Tomás Morales

 

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Palomas de juguete

aquí están con mis niños:

también la plaza juega

de baldosa en baldosa

a la paloma ciega.

Una no entró en el corro;

por hallarse muy alta

más que por ser de piedra.

A la Plaza de Santa Ana

Pedro Perdomo Acedo

 

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Que libre campo es el mar.
nadie lo asurca ni siembra,
ni tiene majanos blancos,
ni tiene lindes ni cercas.
Fruto es el peje en la barca,
si el campesino lo pesca;
hay que adentrarse sin miedo,
hay que meterse en la brega,
hay que bogar duramente
contra el viento y la marea,
bajo el sol que no perdona,
bajo la noche sin tregua.

Fernando García-Ramos